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SOVIBOR, Adega do Passo

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History

Fíjese en el vecindario antes de entrar. Junto a esta bodega se levanta uno de los cuatro Pasos del Señor de Borba, las capillas de mármol de 1755 por las que, cada año, la procesión de Semana Santa sigue pasando. Fue esa capilla la que dio nombre a la casa: Adega do Passo, la Bodega del Paso. Y fue la hermandad que organiza la procesión, la Orden Tercera, la que dio nombre a uno de sus vinos, el Passo dos Terceiros. En Borba, la fe y el vino comparten la misma calle, y en este caso comparten la misma pared.

El edificio lleva más de dos siglos en pie. Eso quiere decir que ya estaba aquí cuando la filoxera mató las viñas y borró Borba del mapa; cuando los palacios del vino se levantaron y luego se vaciaron; cuando doce hombres fundaron la cooperativa en 1955. Vio pasar todo eso por su puerta, y siguió adelante. Y en 1968, dos pequeños productores de la villa, cada uno con décadas de actividad, decidieron unirse en una sola casa, SOVIBOR, la Sociedad de Vinos de Borba. Fue la otra respuesta a la misma pregunta que la cooperativa había respondido trece años antes: ¿cómo sobrevive un pequeño productor en una tierra de vino? Unos se unieron en cooperativa; estos se unieron en familia.

Dentro, el tiempo no ha sido borrado. El vino aún se pisa en lagares de mármol, la piedra de la tierra al servicio del otro producto de la tierra. Envejece en tinajas de barro, como hacían los romanos y como hacía cada casa de Borba antes de la cooperativa; en depósitos de cemento; en madera usada, tres mil hectolitros de toneles en una bodega de crianza que es, en sí misma, un monumento. Al lado, la tecnología moderna. La casa cree en las dos cosas al mismo tiempo, y lo dice sin ceremonia: tradición y modernidad codo con codo.

Las uvas vienen de más de ciento setenta hectáreas de viña en la región, con una parte importante de viñas viejas, las que la filoxera no se llevó o las que se replantaron hace tanto tiempo que ya tienen edad para contar historias. Y hay una marca de la casa que explica Borba mejor que cualquier texto: se llama Fazer as Onze, "hacer las once". Es la costumbre alentejana de parar el trabajo a media mañana para un vaso y un pedazo de pan. Aquí, ese gesto tiene nombre, etiqueta y botella.

La bodega se visita: la sala de tinajas, los toneles, las catas y, en la época adecuada, la vendimia. Entre. Y cuando salga, mire otra vez la capilla de al lado. Desde hace más de dos siglos estas dos puertas se abren a la misma calle, una para rezar, otra para beber. Borba nunca pensó que fueran cosas incompatibles.

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