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¿Por qué la familia más poderosa de Portugal instaló su corte aquí, y no en Braganza, que le daba el título, ni en Lisboa? La respuesta no está en un tratado ni en una batalla. Está en dos hombres que quisieron este valle.
El primero fue Nuno Álvares Pereira, el Condestable, el héroe de Aljubarrota. En 1384, Vila Viçosa había sido entregada a Castilla por traición, y fueron los escuderos de Nuno quienes ayudaron a recuperarla. Nueve días después de Aljubarrota, el rey Juan I se la dio, sin que él la pidiera. Y Nuno se quedó con ella de un modo muy particular. Cuando dotó a su hija, Beatriz, para casarla con el hijo bastardo del rey, le dio tierras por todo el reino. Pero sacó Vila Viçosa de la dote. La guardó para sí. Reconstruyó la capilla mayor del convento de los agustinos, puso allí sus armas y amplió el dormitorio de los frailes.
El 4 de abril de 1422, en Borba, Nuno firmó la donación que lo decidió todo: dio Vila Viçosa, con Borba y Arraiolos, a su nieto, Fernando. Y después hizo lo más extraordinario de su vida: se despojó de todo lo que tenía, entró en el Convento del Carmen como simple fraile, con el nombre de Nuno de Santa María, y murió pobre por voluntad propia. El Padre Espanca lo resumió en una frase: después de haber dado la corona a los reyes, dio reyes a la corona, por medio de la familia de los Braganza.
El segundo hombre fue ese nieto. Fernando era Conde de Arraiolos, tenía villas más ricas e importantes, y ni siquiera era el heredero de la familia: era el hijo segundo. Pero, dice el cronista, se enamoró de las bellezas de este apacible valle, y lo eligió como su solar. Se instaló en los palacios de la Alcazaba, dentro del castillo, e hizo de esta villa su casa.
Entonces el azar hizo el resto. Su hermano mayor, heredero de la Casa de Braganza, murió sin hijos legítimos. Y Fernando, el hijo segundo que solo había elegido un lugar bonito para vivir, heredó de repente la casa entera y se convirtió en Duque de Braganza. Como ya tenía su solar en Vila Viçosa, aquí lo conservó. Y aquí se quedó la corte de la familia durante dos siglos, hasta el día en que uno de sus descendientes salió de estos muros para ser rey de Portugal.
Todo lo que va a ver en esta villa, el Palacio, el panteón, la Tapada, los conventos, nació aquí: de un viejo soldado que no quiso dar esta tierra a nadie, y de un nieto que la encontró hermosa. Los Braganza podían haber hecho su casa en cualquier parte. Se quedaron donde alguien, un día, se enamoró.
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