

statue
En julio de 1809 se libró en España la batalla de Talavera. Fue una carnicería, y los hospitales de Elvas no daban abasto para tantos heridos. Las carretas empezaron entonces a subir la carretera hacia Vila Viçosa, cargadas de soldados británicos destrozados, y fueron a parar al único edificio lo bastante grande para recibirlos: el Palacio Ducal. El palacio de los duques, la sede de los reyes de Portugal, se convirtió en hospital de sangre. Así permaneció hasta el final de la guerra, y el Padre Espanca nos dejó el retrato de lo que quedó de él: un palacio sin puertas en la entrada principal, las salas nobles despojadas incluso de sus muebles, y un suelo que ya nadie limpiaba. El lugar más noble del reino, convertido en enfermería de amputaciones.
Muchos no sobrevivieron. A los heridos de Talavera se sumaron después los de Albuera y los cercos de Badajoz, y los que la fiebre mataba sin un solo disparo. Y fue entonces cuando surgió un problema que hoy cuesta entender: eran protestantes. No podían ser enterrados en tierra sagrada, junto a los católicos. Los enterraron, por eso, en tierra profana, en tres lugares distintos de este municipio: primero en los olivares del camino agustino, después en la vega de Morgadinho, adonde los llevaban en carros, y finalmente, de manera definitiva, aquí, en el bajo Carrascal.
El Padre Espanca aún los vio. Escribió que todo este terreno estaba cubierto de sepulturas, y que casi todas tenían su marca: pequeñas placas ovaladas de madera, pintadas de blanco al óleo, con el nombre y el rango del muerto. Describió sus funerales, celebrados con pompa militar, en los que un compañero de armas hacía de capellán y rezaba las oraciones del rito inglés; y guardó el nombre de uno de ellos, el mayor de brigada Mahomey, muerto en 1809, cuyo capellán fue un oficial del Regimiento 95 de Cazadores. Pero escribió también, resignado, la frase que sella el destino de todos: "como el tiempo todo lo estropea, desaparecieron esas memorias". La madera se pudrió, los nombres se borraron, los olivares fueron arados. Miles de muchachos que vinieron a morir a un país que no era el suyo se quedaron sin siquiera una placa con su nombre.
Y así permanecieron durante dos siglos. Hasta que, hace pocos años, dos investigadores del pueblo hicieron algo sencillo: leyeron con atención lo que el Padre Espanca había escrito, siguieron sus indicaciones y fueron al campo a buscar. Encontraron los tres cementerios, uno por uno, exactamente donde el cronista los había situado. Publicaron un libro, el ayuntamiento levantó este memorial de mármol, y desde entonces, cada año, el pueblo viene aquí a depositar flores. Los nombres siguen perdidos; la memoria, en cambio, ha vuelto. Un sacerdote la escribió en 1880 para quien viniera después, y quien vino después fue a buscarla.
Deténgase un momento ante esta piedra. Bajo estos campos yacen británicos, escoceses, irlandeses, que partieron hacia una guerra al otro lado de Europa y acabaron enterrados en un olivar alentejano, lejos de todo lo que conocían. Vinieron a luchar por la independencia de Portugal, y este fue el pedazo de Portugal que les quedó. Cuando el alcalde de este pueblo inauguró el memorial, dijo la frase más justa que se podía decir sobre ellos: hoy existimos también gracias a ellos.
Curated by Storypath