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Todo borbense conoce la tradición: los tres caños corresponden a las tres edades de la vida. El de la derecha es para los solteros, el del medio para los casados, el de la izquierda para los viudos. Y quien beba de esta agua, dicen, nunca se aleja de Borba. Pero la historia verdadera, escondida en los libros del ayuntamiento, es más interesante que la leyenda.
Todo empezó con un manantial famoso, la Fonte dos Finados, cuya agua los médicos consideraban "de las más saludables del continente". Precisamente por eso, fue disputada durante décadas: particulares que desviaban los sobrantes a sus huertas, prometiendo una fuente pública que nunca construían, y una fuente vieja, pequeña y demasiado honda, donde los documentos registran "desgracias", casi con toda seguridad ahogamientos.
En 1775, el ayuntamiento decidió no remendar más. Reunió a la nobleza y al pueblo, vendió bienes del concejo, y contrató a un ingeniero militar para diseñar no una fuente, sino un sistema: el agua abastecería primero al pueblo, después regaría las huertas, y por último reforzaría la Ribeira de Borba, el mismo caudal que movía los molinos y que iba a alimentar, río abajo, la Tapada Real de Vila Viçosa. Una obra para servir a todos al mismo tiempo.
Costó seis mil cruzados, una fortuna para un concejo de este tamaño. Las canalizaciones se hicieron en mármol, y las figuras esculpidas se atribuyen a dos hermanos escultores de la propia villa. En 1786, la reina María I visitó Borba, y la fuente debió de ser el orgullo que le mostraron. Quedó terminada en 1788, y ese mismo año el ayuntamiento tuvo que prohibir que se lavara ropa donde se debía beber. Ni la mejor ingeniería resiste de inmediato a las costumbres de toda una villa.
Hoy es Monumento Nacional y el monumento más querido por quienes aquí viven. Y quizá la leyenda de las tres edades sea verdad: esta fuente nació para servir a la vida entera de Borba, porque un puñado de regidores decidió que el agua de esta tierra no sería de nadie. Sería de todos.
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