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Haga las cuentas conmigo. En 1512, don Jaime, 4.º Duque de Braganza, mandó matar a su mujer, convencido de una traición que nadie probó. En 1513, fue a conquistar Azamor para redimirse. Y en 1514, mandó levantar este convento, destinado a guardar, en la muerte, a las duquesas de Braganza, y a acoger, en vida, a mujeres consagradas a Dios. La historia no dice que fuera penitencia. Pero es difícil mirar estas paredes y no ver a un hombre intentando hacer las paces con las mujeres, una a una, por el resto de la eternidad.
En 1535 llegaron las clarisas, venidas de Beja, y el convento se convirtió en el destino de las hijas de la mejor nobleza del reino. Muchas de ellas habían nacido de relaciones fuera del matrimonio: muchachas que la sociedad de la época no sabía dónde colocar, y que sus padres entregaban a la clausura. Tras estas rejas vivieron generaciones de mujeres que no eligieron estar aquí. Y sin embargo, hicieron de esta casa algo extraordinario: pese a los votos de pobreza de la orden, las donaciones convirtieron las Chagas en el convento más rico y opulento de Vila Viçosa, con la iglesia cubierta de azulejos polícromos de arriba abajo y el altar mayor ardiendo en talla dorada.
E hicieron más: hicieron dulces. Fue en estas cocinas donde nació buena parte de la repostería de Vila Viçosa, con nombres que son un poema: el Manjar das Chagas, el Toucinho-do-Céu ("tocino del cielo"), las Fatias Duquesas ("rebanadas duquesas"), las Barrigas de Freira ("barrigas de monja"). Mientras las duquesas dormían en el panteón, las monjas batían yemas y azúcar. La muerte y la dulzura, bajo el mismo techo, durante casi cuatrocientos años.
El final fue de una lentitud conmovedora. Cuando Portugal extinguió las órdenes religiosas, en 1834, el convento fue autorizado a continuar hasta la muerte de la última monja. Ella resistió setenta años: solo partió en 1905. Y aquí la historia ofrece una de sus mejores rimas: en 1901, cuando la última monja aún rezaba dentro, nació en una dependencia de este convento, donde la Casa de Braganza alojaba a sus criados, un niño llamado Bento de Jesus Caraça, hijo de trabajadores rurales, que llegaría a ser uno de los mayores matemáticos y humanistas portugueses del siglo XX. Bajo el mismo tejado, un mundo se apagaba y otro se encendía.
Hoy, el Real Convento das Chagas es una pousada, un hotel con historia. Las celdas donde rezaban las monjas son habitaciones donde duermen los viajeros. Las duquesas siguen en su panteón, ahí al lado, en silencio. Y la ironía final es quizá la más hermosa de todas: durante siglos, este fue un edificio donde las mujeres entraban para no salir jamás. Ahora, cualquiera puede entrar, probar un dulce con nombre de monja, dormir una noche y partir por la mañana, en libertad. Las paredes son las mismas. Es el mundo el que cambió.
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