Picota de Vila Viçosa (Pelourinho) 1

Picota de Vila Viçosa (Pelourinho)

monument

History

Una picota no es un adorno. Era el documento de identidad de una tierra: se levantaba cuando el rey le otorgaba fuero, la carta que fijaba derechos, deberes y justicia propia. Allí se fijaban las ordenanzas del concejo, y allí se exponía y castigaba a los condenados. Una columna de piedra que decía a quien llegara: esto no es tierra de nadie. Esto es un concejo, con ley.

La de Vila Viçosa nació del Fuero Nuevo que el rey Manuel I otorgó a la villa en 1512, renovando la carta que ya tenía desde 1270. Y como todo en esta tierra, salió distinta de las demás: ocho metros de altura, mármol de la región, y un remate en una enorme bola calada, esculpida con la filigrana de la orfebrería manuelina. Una joya de piedra en medio de la plaza. Se considera una de las picotas más refinadas de su estilo en Portugal, y fue el modelo que copiaron las villas vecinas: las de Borba, Alandroal, Monsaraz, Terena y Veiros están emparentadas con ella. En la región, la justicia se medía por el rasero de Vila Viçosa.

Quien probablemente la encargó fue el señor de la villa, don Jaime, 4.º Duque de Braganza. Y aquí es donde la historia de este monumento adquiere un peso que ninguna otra picota del país tiene. Porque 1512, el año del fuero y de la columna de la justicia, fue también el año en que don Jaime mandó matar a su propia mujer, la duquesa Leonor, por una sospecha que nadie probó. El crimen quedó sin castigo terrenal: al duque se le pidió penitencia, no prisión. En el mismo año, en la misma villa, la justicia se alzó en mármol para unos y se dobló para otros. Esta picota lo vio todo: los pequeños delitos expuestos en sus gradas, y el gran crimen que pasó de largo.

Fíjese en dónde está: frente a las murallas y a la torre del homenaje del castillo. A un lado, la fortaleza de los señores. Al otro, la columna del concejo. Durante siglos, el poder y la ley se miraron así, frente a frente, en esta plaza. Y si hoy la torre del homenaje tiene compañía de sobra en las postales de la villa, la picota sigue en su puesto, elegante y terca, recordando que Vila Viçosa nunca fue solo de los duques. Era también, por carta firmada por un rey, de sus gentes. Y la prueba está aquí, escrita en mármol, desde hace más de quinientos años.

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